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viernes, 8 de abril de 2011

428. Compasión: la más humana de las virtudes

Marzo 25 del 2011

Leonardo Boff

Tres escenas aterradoras, el terremoto en Japón, seguido de un tsunami devastador, la pérdida de gases radioactivos de las centrales nucleares afectadas, y los deslizamientos de tierras ocurridos en las ciudades serranas de Río de Janeiro, sin duda han provocado en nosotros dos actitudes: compasión y solidaridad.

Primero irrumpe la compasión.  Ente las virtudes humanas, tal vez sea la más humana de todas, porque no solo nos abre al otro como expresión de amor dolorido, sino al otro más victimado y mortificado.  Poco importa la ideología, la religión, el status social y cultural de las personas.  La compasión anula esas diferencias y hace que tendamos las manos a las víctimas.  Quedarnos cínicamente indiferentes demuestra una suprema inhumanidad que nos transforma en enemigos de nuestra propia humanidad.  Delante de la desgracia del otro no hay modo de no ser los samaritanos compasivos de la parábola bíblica.

La compasión implica asumir la pasión del otro.  Es trasladarse al lugar del otro para estar a su lado, para sufrir con él, para llorar con él, para sentir con él el corazón destrozado.  Tal vez no tengamos nada que darle y las palabras se nos mueran en la garganta, pero lo importante es estar a su lado y no permitir que sufra solo.  Aunque estemos a miles de kilómetros de distancia de nuestros hermanos y hermanas de Japón o cerca de nuestros vecinos de las ciudades serranas cariocas, su padecimiento es nuestro padecimiento, su desespero es nuestro desespero, los gritos desgarradores que lanzan al cielo preguntando: ¿por qué, Dios mío, por qué?, son nuestros gritos desgarradores. Y compartimos el mismo dolor de no recibir ninguna explicación razonable.  Y aunque la hubiera, no anularía la devastación, no levantaría las casas destruidas, ni resucitaría a los seres queridos fallecidos, especialmente a los niños inocentes.

La compasión tiene algo de singular: no exige ninguna reflexión previa, ni argumento que la fundamente.  Ella simplemente se nos impone porque somos esencialmente seres com-pasivos. La compasión refuta por sí misma la noción del biólogo Richard Dawkins del «gene egoísta». O el presupuesto de Charles Darwin de que la competición y el triunfo del más fuerte regirían la dinámica de la evolución. Al contrario: no existen genes solitarios, todos están inter-retro-conectados y nosotros humanos formamos parte de incontables tejidos de relaciones que nos hacen seres de cooperación y de solidaridad.

Cada vez más científicos provenientes de la mecánica cuántica, de la astrofísica y de la bioantropología sostienen la tesis de que la ley suprema del proceso cosmogénico es el entrelazamiento de todos con todos y no la competición que excluye.  El sutil equilibrio de la Tierra, considerada como un superorganismo que se auto-regula, requiere la cooperación de un sinnúmero de factores que interactúan unos con otros, con las energías del universo, con la atmósfera, con la biosfera y con el propio sistema-Tierra.  Esta cooperación es responsable de su equilibrio, ahora perturbado por la excesiva presión que nuestra sociedad consumista y derrochadora hace sobre todos los ecosistemas y que se manifiesta por la crisis ecológica generalizada.

En la compasión se da el encuentro de todas las religiones, del Oriente y del Occidente, de todas las éticas, de todas las filosofías y de todas las culturas.  En el centro está la dignidad y la autoridad de los que sufren, provocando en nosotros la compasión activa.

La segunda actitud, afín a la compasión, es la solidaridad.  Obedece a la misma lógica de la compasión.  Vamos al encuentro del otro para salvarle la vida, llevarle agua, alimentos, abrigo y especialmente calor humano.  Sabemos por la antropogénesis que nos hicimos humanos cuando superamos la fase de la búsqueda individual de los medios de subsistencia y empezamos a buscarlos colectivamente y a distribuirlos cooperativamente entre todos.  Lo que nos humanizó ayer, también nos humaniza hoy.  Por eso es tan conmovedor ver como tanta gente de todas partes se moviliza para ayudar a las víctimas y a través de la solidaridad darles lo que necesitan y sobre todo la esperanza de que, a pesar de la desgracia, sigue valiendo la pena vivir.

429. Interpretación feminista del relato de la creación

Abril 01 del 2011

Leonardo Boff

Las teólogas feministas nos han descubierto los rasgos antifeministas del actual relato de la creación de Eva (Gen 1,18-25) y de la caída original (Gen 3,1-19), que ha venido reforzando en la cultura los prejuicios contra las mujeres.  Según este relato, la mujer fue formada de una costilla de Adán que, al verla, exclama: «esta es carne de mi carne y hueso de mis huesos, y se llamará varona (hebreo: ishá) porque fue sacada del varón (ish); por eso el varón dejará a su padre y a su madre para unirse a su varona: y los dos serán una sola carne» (2,23-25).

El sentido originario pretendía mostrar la unidad hombre/mujer, pero la anterioridad de Adán y la formación de la mujer a partir de su costilla fue interpretada como superioridad masculina.

El relato de la caída también suena antifeminista: «Vio, pues, la mujer que el fruto de aquel árbol era bueno para comer… tomó el fruto y lo comió; le dio a su marido y lo comió. Inmediatamente se les abrieron los ojos y se dieron cuenta de que estaban desnudos» (Gen 3,6-7).  La mujer es considerada aquí como sexo débil, pues fue ella quien cayó en la tentación y, a partir de ahí, sedujo al hombre.  Esta es, pues, la razón de su sometimiento histórico, ahora ideológicamente justificado: «estarás bajo el poder de tu marido y él te dominará» (Gen 3,16).

Pero hay una lectura más radical, presentada, entre otras, por dos teólogas feministas: Riane Eisler (Sacred Pleasure, Sex Myth and the Politics of the Body, 1995) y Françoise Gange (Les dieux menteurs, 1997), que resumo aquí.  Estas autoras parten del hecho histórico de que hubo una era matriarcal anterior a la patriarcal.  Según ellas, el relato del pecado original habría sido introducido por interés del patriarcado como una pieza de culpabilización de las mujeres para arrebatarles el poder y consolidar el dominio del hombre.  Los ritos y los símbolos sagrados del matriarcado habrían sido demonizados y retroproyectados a los orígenes en forma de un relato primordial, con la intención de borrar totalmente los rasgos del relato femenino.  El actual relato del pecado original trata de eliminar los cuatro símbolos fundamentales del matriarcado.

El primer símbolo atacado es la mujer en sí, que en la cultura matriarcal representaba el sexo sagrado, generador de vida.  Como tal, simbolizaba a la Gran-Madre, y ahora pasa a ser la gran seductora.

En el segundo se deconstruye el símbolo de la serpiente, que representaba la sabiduría divina que se renovaba siempre como se renueva la piel de la serpiente.

En el tercero se desfigura el árbol de la vida, considerado como uno de los símbolos principales de la vida, gestada por las mujeres, ahora bajo prohibición: «no comáis ni toquéis su fruto» (3,3).

En el cuarto se distorsiona el carácter simbólico de la sexualidad, considerada sagrada pues permitía el acceso al éxtasis y al conocimiento místico, y representada por la relación hombre-mujer.
¿Qué es lo que hace el actual relato del pecado original?  Invierte totalmente el sentido profundo y verdadero de esos símbolos.  Los desacraliza, los demoniza, y transforma lo que era bendición en maldición.
La mujer es eternamente maldita, convertida en un ser inferior, seductora del hombre que «la dominará» (Gen 3,16).  Su poder de dar la vida se realizará con dolor (Gen 3,16).

La serpiente, además de maldita, pasa a ser el enemigo radical de la mujer, que la herirá en la cabeza, pero ella la morderá en el calcañar (Gen 3,15).

El árbol de la vida y de la sabiduría cae bajo el signo de lo prohibido.  Antes, en la cultura matriarcal, comer del árbol de la vida era imbuirse de sabiduría.  Ahora, comer de él significa un peligro letal (Gen 3,3).

El lazo sagrado entre el hombre y la mujer es sustituido por el lazo matrimonial, ocupando el hombre el lugar de jefe y la mujer el de dominada (Gen 3,16).

En este relato tal como está en el Génesis se operó una deconstrucción profunda del relato anterior, femenino y sacral.  Hoy todos somos, bien o mal, rehenes de este relato adámico, antifeminista y culpabilizador.

¿Por qué escribir sobre esto?  Para reforzar el trabajo de las teólogas feministas que nos indican cuán profundas son las raíces de la dominación de las mujeres.  Al rescatar el relato más arcaico, feminista, buscan proponer una alternativa más originaria y positiva, en la cual aparezca una relación nueva con la vida, con los géneros, con el poder, con lo sagrado y con la sexualidad.

427. Tolerancia cero a la mutilación genital femenina

Marzo 18 del 2011

Leonardo Boff

La globalización como etapa nueva de la humanidad y de la propia Tierra, no solamente ha puesto en contacto a las personas y a los pueblos entre sí, sino que también ha propagado por todo el mundo sus virus y bacterias, sus plantas y frutas, sus artes culinarias y modas, sus visiones del mundo y las religiones, inclusive sus valores y antivalores.  Es propio de la naturaleza humana y de la historia, no como defecto sino como marca evolutiva, que seamos sapientes y dementes y, por eso, surgimos como seres contradictorios.  De ahí que, junto a las dimensiones luminosas, que muestran el lado mejor del ser humano y por las cuales nos enriquecemos mutuamente, aparecen también las dimensiones sombrías, tradiciones seculares que castigan a sectores enormes de la población.  Por esto, debemos ser críticos unos con otros, para identificar prácticas inhumanas que ya no son tolerables.

Nosotros los occidentales, por ejemplo, somos individualistas y dualistas, tan centrados en nuestra identidad que tenemos grandes dificultades para aceptar a los diferentes a nosotros.  Tendemos a tratar a los diferentes como inferiores.  Esto proporciona base ideológica a nuestro espíritu colonialista e imperialista, para imponer a todo el mundo nuestros valores y visión de mundo.

Semejantes limitaciones las encontramos en todas las culturas.  Pero hay limitaciones y limitaciones. Algunas de ellas violan todos los parámetros de la decencia, y basta el simple sentido común para hacerlas inaceptables.  Parecen más violaciones y crímenes que tradiciones culturales, por más ancestrales que se presenten.  Y no sirve que antropólogos y sociólogos de la cultura salgan a defenderlas en nombre del respeto a las diferencias.  Lo que es cruel es cruel en cualquier cultura y en cualquier parte del mundo.  La crueldad, por inhumana, no tiene derecho a existir.

Me refiero específicamente a la mutilación genital femenina.  Es practicada secularmente en 28 países de África, en Oriente Medio, en el Sudeste de Asia y en varios países europeos donde hay inmigración proveniente de esas zonas.  Se calcula que existen en el mundo actualmente entre 115 y 130 millones de mujeres mutiladas genitalmente.  Otros tres millones, incluyendo quinientas mil en Europa, todavía son sometidos anualmente a tales horrores.

¿De qué se trata?  Se trata de la remoción del clítoris y de los dos labios vaginales y en algunos sitios hasta de la sutura de los labios vulvares en niñas con edades comprendidas entre los 4 y los 14 años.  Esto se hace sin ninguna preocupación higiénica con tijeras, cuchillos, navajas, agujas y hasta con trozos afilados de vidrio.  Son inimaginables los gritos de dolor y de horror, los choques emocionales y sufrimientos indecibles, y las hemorragias y las infecciones que pueden ocasionar la muerte, como puede comprobarse en algunos youtubes de internet que no aconsejo a nadie ver.

En Europa tales prácticas están prohibidas.  Las madres llevan entonces a sus hijas a sus países de origen con el pretexto de conocer a sus parientes.  Y allí les espera este horror, que más que una práctica cultural es una agresión y grave violación de derechos humanos.  Por detrás funciona el más primitivo machismo que busca impedir que la mujer tenga acceso al placer sexual transformándola en objeto para el placer exclusivo del hombre.  No sin razón la Organización Mundial de la Salud denunció tal práctica como tortura inaceptable.
Veo dos razones que descalifican ciertas tradiciones culturales y nos llevan a combatirlas.  La primera es el sufrimiento del otro.  Donde la diferencia cultural implica deshumanización y mutilación del otro, ahí encuentra su límite y debe ser cohibida.  Ninguna persona tiene derecho a imponer sufrimiento injustificado a otra.  La segunda razón es la Carta de los Derechos Humanos de la ONU de 1948 suscrita por todos los Estados.  Todas las tradiciones culturales deben confrontarse con sus preceptos.  Las prácticas que conllevan violación de la dignidad humana deben ser prohibidas y castigadas.  La ley suprema es tratar humanamente a los seres humanos.  En la mutilación genital nos encontramos con una convención social inhumana y nefasta.  Por eso se entiende que se haya instaurado el día 6 de febrero como Día Internacional de Tolerancia Cero a la Mutilación Genital Femenina.

Cada día del año y en particular cada 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, debemos solidarizarnos con estas niñas, víctimas de una tradición cultural feroz y enemiga de la vida y del placer.

401. Actualizar la pedagogía ante el mundo cambiado

Octubre 01 del 2010

Leonardo Boff

Siglos de guerras, de enfrentamientos, de luchas entre pueblos y de conflictos de clase nos están dejando una amarga lección. Este método primario y reduccionista no nos ha hecho más humanos, ni nos aproxima más unos a otros, ni mucho menos nos ha traído la tan ansiada paz. Vivimos en permanente estado de sitio y llenos de miedo. Hemos alcanzado un estadio histórico que, en palabras de la Carta de la Tierra, «nos convoca a un nuevo comienzo». Esto requiere una pedagogía, fundada en una nueva conciencia y en una visión incluyente de los problemas económicos, sociales, culturales y espirituales que nos desafían.

Esta nueva conciencia, fruto de la mundialización, de las ciencias de la Tierra y de la vida y también de la ecología nos está mostrando un camino a seguir: entender que todas las cosas son interdependientes y que ni siquiera las oposiciones están fuera de un Todo dinámico y abierto. Por esto, no cabe separar sino integrar, incluir en vez de excluir; reconocer, sí, las diferencias, pero buscar también las convergencias, y en lugar del gana-pierde, buscar el gana-gana.

Tal perspectiva holística está influenciando los procesos educativos. Tenemos un maestro inolvidable, Paulo Freire, que nos enseñó la dialéctica de la inclusión y a poner «y» donde antes poníamos «o». Debemos aprender a decir «sí» a todo lo que nos hace crecer, en lo pequeño y en lo grande.
Fray Clodovis Boff acumuló mucha experiencia trabajando con los pobres en Acre y en Río de Janeiro. En la línea de Paulo Freire, nos entregó un librito que se ha convertido en un clásico: Cómo trabajar con el pueblo. Y ahora, ante los desafíos de la nueva situación del mundo, ha elaborado un pequeño decálogo de lo que podría ser una pedagogía renovada. Vale la pena transcribirlo y considerarlo, pues puede ayudarnos, y mucho.

«1. Sí al proceso de concientización, al despertar de la conciencia crítica y al uso de la razón analítica (cabeza). Pero sí también a la razón sensible (corazón) donde se enraízan los valores y de donde se alimentan el imaginario y todas las utopías.
2. Sí al ‘sujeto colectivo’ o social, al ‘nosotros’ creador de historia (‘nadie libera a nadie, nos liberamos juntos’). Pero sí también a la subjetividad de cada uno, al ‘yo biográfico’, al ‘sujeto individual’ con sus referencias y sueños.
3. Sí a la ‘praxis política’, transformadora de las estructuras y generadora de nuevas relaciones sociales, de un nuevo ‘sistema’. Y sí también a la ‘práctica cultural’ (simbólica, artística y religiosa), ‘transfiguradora’ del mundo y creadora de nuevos sentidos o, simplemente, de un nuevo ‘mundo vital’.
4. Sí a la acción ‘macro’ o societaria (en particular a la ‘acción revolucionaria’), la que actúa sobre las estructuras. Pero sí también a la acción ‘micro’, local y comunitaria (‘revolución molecular’) como base y punto de partida del proceso estructural.
5. Sí a la articulación de las fuerzas sociales en forma de ‘estructuras unificadoras’ y centralizadas. Pero sí también a la articulación en ‘red’, en la cual por una acción descentralizada, cada nudo se vuelve centro de creación, de iniciativas y de intervenciones.
6. Sí a la ‘crítica’ de los mecanismos de opresión, a la denuncia de las injusticias y al ‘trabajo de lo negativo’. Pero sí también a las propuestas ‘alternativas’, a las acciones positivas que instauran lo ‘nuevo’ y anuncian un futuro diferente.
7. Sí al ‘proyecto histórico’, al ‘programa político’ concreto que apunta hacia una ‘nueva sociedad’. Pero sí también a las ‘utopías’, a los sueños de la ‘fantasía creadora’, a la búsqueda de una vida diferente, en fin, de ‘un mundo nuevo’.
8. Sí a la ‘lucha’, al trabajo, al esfuerzo para progresar, sí a la seriedad del compromiso. Y sí también a la ‘gratuidad’ tal como se manifiesta en el juego, en el tiempo libre, o simplemente, en la alegría de vivir.
9. Sí al ideal de ser ‘ciudadano’, de ser ‘militante’ y ‘luchador’, sí a quien se entrega lleno de entusiasmo y coraje a la causa de la humanización del mundo. Pero también sí a la figura del ‘animador’, del ‘compañero’, del ‘amigo’, en palabras sencillas, sí a quien es rico en humanidad, en libertad y en amor.
10. Sí a una concepción ‘analítica’ y científica de la sociedad y de sus estructuras económicas y políticas. Pero sí también a la visión ‘sistémica’ y ‘holística’ de la realidad, vista como totalidad viva, integrada dialécticamente en sus varias dimensiones: personal, de género, social, ecológica, planetaria, cósmica y trascendente»

424. Teólogo: un ser casi imposible

424.  Teólogo: un ser casi imposible
Febrero 25 del 2011

Leonardo Boff

A mucha gente le extraña que siendo teólogo y filósofo de formación me meta en asuntos ajenos a estas disciplinas como la ecología, la política, el calentamiento global y otros.

Yo siempre respondo: hago teología pura, pero me ocupo también de otros temas justamente porque soy teólogo.  La tarea del teólogo, ya lo enseñaba el mayor de todos, Tomás de Aquino, en la primera cuestión de la Summa Teológica es estudiar a Dios y su revelación, y después todas las demás cosas «a la luz de Dios» (sub ratione Dei), pues Él es el principio y el fin de todo.

Por lo tanto, corresponde a la teología ocuparse también de otras cosas que no son Dios, pero haciéndolo «a la luz de Dios». Hablar de Dios y también de las cosas es una tarea casi irrealizable. La primera: ¿Cómo hablar de Dios si Él no cabe en ningún diccionario?  La segunda: ¿cómo reflexionar sobre todas las demás cosas, si los saberes sobre ellas son tantos que nadie individualmente puede dominarlos?  Lógicamente, no se trata de hablar de economía como un economista o de política como un político, sino de hablar de tales materias en la perspectiva de Dios, lo que presupone conocer previamente esas realidades de forma crítica y no ingenua, respetando su autonomía y acogiendo sus resultados más seguros.  Solamente después de esta ardua labor, puede el teólogo preguntarse: ¿Cómo quedan esas realidades cuando son confrontadas con Dios? ¿Cómo encajan en una visión más trascendente de la vida y de la historia?

Hacer teología no es una tarea como cualquier otra, como ir al cine o al teatro.  Es una cosa serísima pues se trabaja con la categoría «Dios», que no es un objeto tangible como todos los demás.  Por eso no tiene ningún sentido la búsqueda de la partícula «Dios» en los confines de la materia o en el interior del «Campo Higgs».  Eso supondría que Dios sería parte del mundo.  De ese Dios soy ateo. Sería un pedazo del mundo y no Dios. Hago mías las palabras de un sutil teólogo franciscano, Duns Scotus (+1308) que escribió: «Si Dios existe como las cosas existen, entonces Dios no existe».

Es decir, Dios no es del orden de las cosas que pueden ser encontradas y descritas.  Él es la Precondición y el Soporte para que esas cosas existan.  Sin Él las cosas habrían quedado en la nada o volverían a la nada. Esta es la naturaleza de Dios: no ser cosa sino el Origen de las cosas.

Aplico a Dios como Origen lo que los orientales aplican a la fuerza que les permite pensar: «la fuerza por la cual el pensamiento piensa, no puede ser pensada».  El Origen de las cosas, no puede ser cosa.

Como se deduce, es muy complicado hacer teología. Henri Lacordaire (+1861), el gran orador francés, dijo con razón: «El doctor católico es un hombre casi imposible pues tiene que conocer todo el depósito de la fe y los hechos del papado y también lo que san Pablo llama los Elementos del mundo, es decir, todo». Recordemos lo que afirmó René Descartes (+1650) en el Discurso del Método, base del saber moderno: «si yo quisiera hacer teología, tendría ser más que un hombre».  Y Erasmo de Rotterdam (+1536), el gran sabio de los tiempos de la Reforma, observaba: «existe algo de sobrehumano en la profesión de teólogo».  No nos admira que Martin Heidegger haya dicho que una filosofía que no se ha enfrentado a las preguntas de la teología, no ha llegado plenamente a sí misma.  Digo esto no como automagnificación de la teología sino como confesión de que su tarea es casi impracticable, cosa que siento día a día.

Lógicamente, hay una teología que no merece este nombre porque es perezosa y renuncia a pensar en Dios. Solamente piensa lo que los otros han pensado o lo que han dicho los papas.

Mi sentimiento del mundo me dice que hoy la teología en cuanto teología tiene que proclamar a gritos: tenemos que conservar la naturaleza y entrar en armonía con el universo, porque son el gran libro que Dios nos ha entregado.  Ahí se encuentra lo que Dios nos quiere decir.  Porque dejamos de leer este libro, nos dio otro, las Escrituras, cristianas y de otros pueblos, para que reaprendiésemos a leer el libro de la naturaleza.  Hoy está siendo devastada. Y con ella destruimos nuestro acceso a la revelación de Dios. Tenemos pues que hablar de la naturaleza y del mundo a la luz de Dios y de la razón.  Sin la naturaleza y el mundo preservados, los libros sagrados perderían su significado que es reenseñarnos a leer la naturaleza y el mundo.  El discurso teológico tiene, pues, su lugar junto con los demás discursos.